Casa desolada

Casa desolada

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Al ver un kiosco que sirve desayunos en una esquina, se le ocurre lo primero que ha de hacer. Se detiene en él, mira atrás y llama a Jo. Jo cruza la calle y llega a trompicones titubeantes, frotándose lentamente los nudillos de la mano derecha en la palma ahuecada de la izquierda, como si estuviera machacando polvo con una mano y un mortero naturales. Entonces ponen ante Jo lo que a éste le parece un yantar muy delicado, y empieza a tragarse el café y a roer el pan con mantequilla, mirando preocupado en todas las direcciones al mismo tiempo que come y bebe, como un animal asustado.

Pero está tan enfermo y se siente tan mal que incluso le ha abandonado el hambre.

—Creía que me estaba muriendo de hambre, caballero —dice Jo, que aparta en seguida los platos—, pero es que no sé ná… ni siquiera de eso. No me apetece comer ná ni beber ná. —Y Jo se pone en pie y contempla el desayuno, asombrado.

Allan Woodcourt le toma el pulso y después le lleva la manó al pecho.

—¡Respira, Jo, respira hondo!

—Más hondo que un pozo —dice Jo, y podría añadir: «y me estoy ahogando», pero se limita a susurrar—: Ya circulo, caballero.


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