Casa desolada

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Allan busca una botica con la mirada. No hay ninguna cerca, pero igual o mejor vale una taberna. Obtiene una pequeña cantidad de vino y le da un poco al chico, con gran cuidado. El muchacho empieza a revivir en cuanto le pasa de los labios.

—Quizá repitamos la dosis, Jo —dice Allan tras observarlo con su expresión atenta—. ¡Bueno! Vamos a descansar cinco minutos y después seguimos adelante.

Allan Woodcourt deja al muchacho sentado en el banco del kiosco, con la espalda apoyada en una barra de hierro y se da un paseo al sol de la mañana, mirándolo de vez en cuando pero sin dar la impresión de vigilarlo. No hace falta gran discernimiento para percibir que ya no tiene frío y se siente descansado. Si cabe decir de una cara tan sombría que se haya iluminado, es cierto que algo se le ha iluminado la carita, y poco a poco va comiendo la rebanada de pan que había dejado tan desesperado. Al ver todos esos indicios de mejoría, Allan empieza a hablar con él, y se entera con gran asombro de las aventuras de la dama del velo, con todas sus consecuencias. Jo mastica lentamente y las va contando lentamente. Cuando terminan su historia y el pan, los dos siguen su camino.


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