Casa desolada

Casa desolada

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Para entonces estábamos tan preocupados y tan nerviosos que incluso Richard confesó, mientras dábamos botes por las piedras de las viejas calles, que sentía un deseo irracional de volver a la ciudad. En cuanto a Ada y a mí, arropadas por el mismo Richard con gran cuidado, porque la noche era fresca y cortante, estábamos temblando de la cabeza a los pies. Cuando salimos del pueblo tomamos una curva y Richard nos dijo que el postillón, que desde hacía rato se compadecía de nuestro nerviosismo, miraba hacia atrás con un gesto de asentimiento; las dos nos pusimos en pie en el carruaje (con Richard sosteniendo a Ada por si venía un bache) y escudriñamos aquel campo abierto y la noche estrellada, por si lográbamos ver nuestro punto de destino. Había una luz que brillaba en la cima de una cuesta ante nosotros, y el conductor la señaló con el látigo y gritó: «¡La Casa Desolada!»; puso a los caballos al trote y nos llevó hacia allá a tal velocidad, pese a que era cuesta arriba, que las ruedas lanzaban el polvo de la carretera volando por encima de nuestras cabezas, como la espuma de un molino de agua. Unas veces perdíamos la luz, otras la volvíamos a ver, la volvíamos a perder, la volvíamos a ver, y por fin entramos en una inmensa avenida flanqueada de árboles y fuimos al galope hacia donde brillaba radiante aquella luz. Estaba en una ventana de una casa que parecía antigua, con tres picos en el tejado de la fachada y había un camino circular que llevaba al porche. Repicó una campana cuando nos acercamos y mientras todavía resonaban en el aire sus tonos profundos, y se oía en la distancia el ladrido de unos perros, salió un chorro de luz de la puerta abierta y en medio de los vapores de los caballos sudorosos y del latido acelerado de nuestros propios corazones nos apeamos en un estado considerable de confusión.


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