Casa desolada
Casa desolada —Seguro que no olvidas, guapa mÃa —le dije con una sonrisa— lo tranquilos y anticuados que somos en esta casa y cómo me he asentado hasta convertirme en una señora de lo más discreto. ¿No olvidarás lo feliz y pacÃficamente que va a pasar mi vida y gracias a quién? Estoy segura de que no olvidas la nobleza de esa persona, Ada. Eso serÃa imposible.
—No, jamás, Esther.
—Pues entonces, hija mÃa —dije yo— no puede haber confusión. ¿Por qué no vas a hablarnos?
—¿Qué no puede haber confusión, Esther? —respondió Ada—. ¡Ay, cuando pienso en estos años y en los cuidados y las atenciones paternales que me ha dispensado él, y en la antigua relación entre nosotros, y en ti, qué voy a hacer, qué voy a hacer!
Miré a mi niña un tanto sorprendida, pero consideré mejor no contestar más que para darle ánimos, de forma que pasé a rememorar una serie de pequeñas cosas de nuestra vida juntas, y no dejé que dijera más. Cuando se quedó dormida, y no antes, volvà a ver a mi Tutor para desearle las buenas noches, y después volvà junto a Ada y me quedé un rato a su lado.