Casa desolada

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CAPÍTULO LI

SE ACLARAN LAS COSAS

Cuando el señor Woodcourt llegó a Londres se fue el mismo día al bufete del señor Vholes, en Symond’s Inn. Porque jamás, desde el momento en que le rogué que fuera un amigo para Richard, olvidó aquella promesa, ni la descuidó. Me dijo que aceptaba aquel encargo como algo sagrado, y siempre se comportó fielmente al respecto. Se encontró al señor Vholes en su despacho y le comunicó que Richard le había pedido que fuera allí a preguntar sus señas.

—Exactamente, señor mío —dijo el señor Vholes—, y las señas del señor no están a 100 millas de aquí; no señor, no están a 100 millas de aquí. ¿Quiere usted sentarse, caballero?

El señor Woodcourt dio las gracias al señor Vholes, pero no tenía otra pregunta que hacerle que la ya expuesta.

—Exactamente, señor mío. Creo, caballero —continuó el señor Vholes, insistiendo todavía discretamente en que tomara asiento, meramente con no darle las señas—, que tiene usted influencia con el señor C. Tengo conciencia de ello.

—Pues yo no la tengo —respondió el señor Woodcourt—, pero si usted lo dice, sus motivos tendrá.


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