Casa desolada
Casa desolada —¡Pero, mujer bendita! —exclamó mi Tutor con la mano en el bolsillo—. ¿Cómo va a ir? ¿Qué dinero tiene? La señora Bagnet volvió a llevarse la mano a la falda y sacó un bolso de cuero, en el que contó a toda velocidad unos cuantos chelines y que después cerró, muy satisfecha. —No se preocupe por mÃ, señorita. Soy la mujer de un soldado, y estoy acostumbrada a viajar a mi aire. Lignum, viejito —le dijo, dándole de besos—, uno para ti y tres para los niños. ¡Me voy a Lincolnshire a buscar a la madre de George!
Y, efectivamente, se marchó mientras los tres nos quedábamos mirándonos, asombrados. Efectivamente, se fue corriendo con su mantón gris, dio la vuelta a la esquina y desapareció.
—Señor Bagnet —dijo mi Tutor—, ¿de verdad va a dejar usted que se marche as�
—No puedo evitarlo —respondió él—. Una vez volvió a casa. Del otro extremo del mundo. Con el mismo mantón gris. Y el mismo paraguas. Lo que diga la viejita se hace. ¡Se hace! Lo que diga la viejita, yo lo hago. Ella lo hace.
—Entonces es tan honrada y auténtica como aparenta —replicó mi Tutor, y es imposible decir nada mejor de ella.