Casa desolada

Casa desolada

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Los lugares y las horas no pueden atar al señor Bucket. Al igual que el hombre, en sentido abstracto, aparece hoy y desaparece mañana, pero al revés que ese hombre, reaparece al día siguiente. Esta tarde va a contemplar distraídamente los tubos de hierro de las lámparas de la casa que tiene Sir Leicester Dedlock en la ciudad, y mañana por la mañana se paseará por los tejados de Chesney Wold, donde hace algún tiempo se asomaba el anciano cuyo fantasma se propicia con 100 guineas. El señor Bucket examina los cajones, las mesas, los bolsillos, todo lo que le pertenecía. Unas horas después estará junto con el romano, comparando dedos índices.

Es probable que estas ocupaciones sean irreconciliables con los placeres hogareños, pero es seguro que en estos días el señor Bucket no va a su casa. Aunque en general aprecia mucho la compañía de la señora Bucket —dama de genio detectivesco natural, que de haberse perfeccionado mediante el ejercicio de esa profesión podría haber hecho grandes cosas, pero que se ha detenido al nivel de un amateur bien dotado—, se mantiene alejado de ese amable solaz. La señora Bucket depende de su pensionista (que afortunadamente es una amable dama y que le parece interesante) para gozar de compañía y conversación.



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