Casa desolada

Casa desolada

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—Bueno, ya intenta pasear —responde Mercurio—. A veces se da paseos de dos horas, cuando se siente muy mal. Y de noche.

—¿Está usted seguro de medir nada menos que seis pies y tres pulgadas? —pregunta el señor Bucket—. Con mis excusas por interrumpir sus palabras.

—No cabe duda de ello.

—Está usted tan bien proporcionado que no lo hubiera pensado. Pero los soldados de la guardia, aunque dicen que son tan grandes, son muy flacos… ¿Con que da paseos de noche, eh? Pero será cuando hay luna, ¿no?

Sí, claro. ¡Cuando hay luna! Claro. ¡Claro! Uno menciona las cosas y el otro las confirma.

—Supongo que no tendrá usted la costumbre de darse paseos, ¿verdad? —pregunta el señor Bucket—. Seguro que no le sobrará el tiempo.

Además de lo cual, a Mercurio no le agrada. Prefiere el ejercicio de los carruajes.

—Naturalmente —dice el señor Bucket—. Eso es diferente. Ahora que lo pienso —dice el señor Bucket, calentándose las manos y contemplando el fuego con gesto de sentirse muy a gusto—, la noche misma de este asunto anduvo ella de paseo.

—¡Claro que sí! Yo mismo la llevé al jardín de enfrente.

—Y la dejó usted allí. Claro. Si lo vi yo.

—Yo no le vi a usted —dice Mercurio.


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