Casa desolada

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Está pensativo el señor Bucket, como corresponde a alguien a quien espera una tarea importante, pero está sereno, seguro y confiado. Por la expresión que tiene en el rostro, podría tratarse de un famoso jugador de whist que apuesta fuerte (digamos que sobre seguro cien guineas) con las cartas en la mano, pero que también tiene la reputación de jugar hasta la última carta y de manera magistral. No se siente nada nervioso ni inquieto el señor Bucket cuando aparece Sir Leicester, pero mira al baronet de lado cuando éste se aproxima lentamente a su butaca, con la misma gravedad atenta de ayer, en la que ayer hubiera podido haber, de no haber sido por la osadía de tamaña idea, un matiz de compasión.

—Lamento haberle hecho esperar, agente, pero esta mañana me he levantado bastante más tarde que de costumbre. No estoy bien. La agitación y la indignación que he sufrido últimamente han sido demasiado para mí. Padezco de… la gota —Sir Leicester iba a decir una indisposición, y es lo qué hubiera dicho a cualquier otra persona, pero es palpable que el señor Bucket está al tanto—, y circunstancias recientes me han provocado un ataque.

Cuando ocupa su asiento con alguna dificultad, y con aire de sufrir, el señor Bucket se le acerca un poco y se queda apoyado con una de sus manazas en la mesa de la biblioteca.


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