Casa desolada
Casa desolada —No sé, agente —observa Sir Leicester, levantando la mirada hacia él—, si desea usted que estemos a solas, pero será lo que usted decida. Si es a solas, perfectamente. Si no, a la señorita Dedlock le interesarÃa…
—Pero Sir Leicester Dedlock, Baronet —responde el señor Bucket, ladeando persuasivamente la cabeza y con el Ãndice junto a la oreja, como un pendiente—, ahora mismo es imposible exagerar la importancia de estar a solas. En estas circunstancias, la presencia de una dama, y especialmente de la señorita Dedlock, con la elevada posición que ocupa en la sociedad, no podrÃa por menos de resultarme agradable, pero no quiero ser egoÃsta y me tomo la libertad de asegurarle que estoy seguro de que no es posible exagerar la importancia de estar a solas.
—Basta, pues.
—Tan es asÃ, Sir Leicester Dedlock, Baronet —prosigue el señor Bucket—, que estaba a punto de pedirle permiso para cerrar la puerta con llave.
—Desde luego.
Y el señor Bucket, hábil y silenciosamente, toma esa precaución, y se pone de rodillas un momento, por mera fuerza de la costumbre, para asegurarse de que la llave queda encajada de modo que no pueda mirar nadie desde fuera.