Casa desolada
Casa desolada Así una impresión terrible se le va imponiendo, la va invadiendo, y es la de que contra este perseguidor, vivo o muerto (obstinado e imperturbable ante ella con su figura que tan bien recuerda, y no menos obstinado e imperturbable en su ataúd), no existe más escapatoria que la muerte. Si la persiguen, huye. La combinación de su vergüenza, su temor, su remordimiento y su horror la abruma totalmente, e incluso la fuerza de su confianza en sí misma se ve trastocada y aventada, como una hoja ante un fuerte viento. Dirige apresuradamente unas líneas a su marido, las cierra y las deja encima de la mesa:
Si se me busca o se me acusa por este asesinato, cree que soy totalmente inocente. No creas ninguna otra cosa buena de mí, pues no soy inocente de ninguna otra cosa que te hayan contado o te vayan a contar en contra mía. Él me preparó aquella noche fatal para la revelación que iba a hacerte. Cuando se marchó, fui, so pretexto de darme un paseo, al jardín donde suelo hacerlo, pero en realidad se trataba de seguirlo a él y hacerle una última petición de que no prolongase más la horrible angustia a la que me había sometido, no sabes durante cuánto tiempo, sino que tuviera la compasión de asestar el golpe a la mañana siguiente.
Encontré su casa sumida en la oscuridad y el silencio. Llamé dos veces a su puerta, pero no obtuve respuesta y volví a casa.