Casa desolada

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CAPÍTULO LVI

LA PERSECUCIÓN

Impasible, como corresponde a su alta condición, la casa Dedlock de la capital contempla a las demás casas de la calle grandiosamente lúgubre y no da ninguna muestra externa de que en ella pase nada malo. Resuenan los carruajes, llaman a sus puertas, el mundo intercambia visitas; antiguas bellezas con gargantas como esqueletos y mejillas sonrosadas que tienen un brillo fantasmal cuando se las ve a la luz del día, cuando de hecho esos fascinantes seres parecen la Muerte y la Dama[91] fundidas en una sola figura, deslumbran los ojos de los hombres. De las cuadras frígidas salen ágiles carruajes que se balancean, guiados por cocheros paticortos tocados de pelucas cerúleas, hundidos en sus mantas mullidas, y detrás van montados Mercurios hermosísimos, con sus bastones de ceremonia y sus bicornios ladeados, un espectáculo digno de los propios ángeles.

La casa Dedlock de la capital no cambia externamente, y pasan horas antes de que su calma impenetrable se vea perturbada internamente. Pero como la bella Volumnia está sometida a la frecuente enfermedad del aburrimiento, y ve que esa enfermedad la ataca con una cierta virulencia, se aventura por fin hasta la biblioteca en busca de un cambio de aires. Cuando sus blandas llamadas a la puerta no obtienen respuesta, la abre y mira adentro; al ver que no hay nadie, toma posesión del lugar.


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