Casa desolada
Casa desolada —Dijo usted que se llamaba Jenny, ¿no? Voy a seguir a ésa. Si sacáis a esos dos pares, os doy una corona a cada uno. ¡A ver si os despertáis!
—¡No puede usted abandonar a la señora que buscamos, no puede usted abandonarla en una noche asà y en el estado de ánimo en el que sé que está! —dije, angustiada y apretándole la mano.
—Tiene usted razón, hija mÃa, no puedo hacerlo. Pero voy a seguir a la otra. ¡Vamos, arriba con esos caballos! ¡Que vaya un hombre solo por delante a la siguiente posta y que envÃe a otro por delante, y que encarguen cuatro más, por si acaso! ¡No tenga miedo, hija mÃa!
Aquellas órdenes, y la forma en que corrÃa él por el patio, metiéndoles prisa, causaron una conmoción general que apenas si me causó menos asombro que el cambio repentino ocurrido en él. Pero en el colmo de la confusión salió un hombre a caballo para encargar los relevos, y nos engancharon nuestros corceles a gran velocidad.
—Hija mÃa —dijo el señor Bucket, saltando a su asiento y mirando otra vez—, perdóneme usted si me tomo demasiadas confianzas, pero no se preocupe usted ni se agite más de lo necesario. Por el momento, no quiero decir nada más, pero ya me va usted conociendo, hija mÃa, ¿no es verdad?