Casa desolada

Casa desolada

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El soldado, cuyos viejos recuerdos se han visto despertados por la grandeza solitaria de una gran mansión (que antes, en Chesney Wold, no era ninguna novedad para él), sube las escaleras y recorre las habitaciones de la zona noble, con un farol en la mano, que lleva alargada. Piensa en cómo han variado sus fortunas en las últimas semanas, y en su niñez rústica y en los dos períodos de su vida que tan extrañamente se han reunido al cabo de tan gran espacio intermedio; piensa en la víctima del asesinato, cuya imagen tiene reciente en el recuerdo, piensa en la dama que ha desaparecido de estos mismos aposentos y de cuya reciente presencia hay indicios por todas partes, piensa en el dueño de la casa que está arriba y en el presentimiento de «¿quién se lo va a decir?», mira acá y acullá y reflexiona cómo podría ahora ver algo para acercarse a lo cual, ponerle la mano encima y ver que no era sino una fantasía, haría falta gran osadía por su parte. Pero todo está vacío: vacío como la oscuridad que reina arriba y abajo, mientras vuelve a subir la gran escalera, vacío como este silencio opresivo.

—¿Sigue todo listo, George Rouncewell?

—Todo listo y en orden, Sir Leicester.

—¿No ha llegado ninguna noticia?

El soldado niega con la cabeza.

—¿No ha llegado ninguna carta de la que quizá no se hayan dado cuenta?


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