Casa desolada
Casa desolada Se marchó, y yo me quedé ante la ventana oscura, contemplando la calle. Su amor, con toda su constancia y su generosidad, me había llegado de forma tan repentina que no hacía un minuto que se había marchado cuando volví a perder mi fortaleza, y la calle desapareció bajo el torrente de mis lágrimas.
Pero no eran lágrimas de pena ni de dolor. No. Me había llamado su bienamada, y había dicho que seguiría amándome cada vez más, y sentí como si mi corazón no pudiera soportar el triunfo de haber oído aquellas palabras.
Habían pasado mis primeras ideas desordenadas. No era demasiado tarde para escucharlas, porque no era demasiado tarde para sentirme animada por ellas para ser buena, leal, agradecida y estar satisfecha. ¡Qué camino más fácil el mío, cuánto más fácil que el suyo!