Casa desolada

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CAPÍTULO LXII

OTRO DESCUBRIMIENTO

Aquella noche no tuve el valor de ver a nadie. Ni siquiera tuve el valor de verme a mí misma, pues temía que mis lágrimas pudieran constituir un pequeño reproche. Subí a mi dormitorio en la oscuridad, dije mis oraciones en la oscuridad, y me acosté en la oscuridad. No necesitaba ninguna luz para leer la carta de mi Tutor, pues la sabía de memoria. La saqué del sitio donde la guardaba y repetí su contenido a la luz brillante de su integridad y de su amor, y me dormí con ella encima de la almohada.

Por la mañana me levanté muy temprano y llamé a Charley para ir a darnos un paseo. Compramos flores para la mesa del desayuno, volvimos, las arreglamos y nos ocupamos de todo lo posible. Nos habíamos levantado tan temprano que todavía tuve tiempo para darle a Charley su lección antes del desayuno; Charley (que no había mejorado en lo más mínimo en cuanto a su mal uso de la gramática) se la había aprendido muy bien esta vez, de modo que ambas estábamos estupendamente. Cuando apareció mi Tutor, exclamó:

—¡Mujercita, tienes un aire más fresco que todas tus flores! —Y la señora Woodcourt repitió y tradujo un pasaje del Mewlinwillinwodd, en el sentido de que yo era como una montaña bañada por el sol.


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