Casa desolada
Casa desolada Mientras nos dirigíamos allí, planeando lo que deberíamos hacer por Richard y Ada, oí una voz que gritaba: «¡Esther! ¡Mi querida Esther! ¡Esther!». Y era Caddy Jellyby, que sacaba la cabeza de un pequeño carruaje que ahora alquilaba para ir a las casas de sus diferentes alumnos, pues ya tenía muchos, como si quisiera darme un abrazo a una distancia de cien yardas. Yo le había escrito una nota para decirle lo que había hecho mi Tutor, pero no había tenido un momento para ir a verla. Naturalmente, volvimos atrás, pero aquella chica tan cariñosa estaba en tal estado de deliquio, y tan contenta de hablar de la noche en que me trajo las flores, y tan decidida a estrecharme la cara (y hasta el sombrero) en sus manos, y a comportarse con tal excitación y a dedicarme todo género de apelativos cariñosos, y a decir a Allan que yo había hecho no sé cuántas cosas por ella, que me sentí obligada a subir al pequeño carruaje y calmarla y dejarle decir y hacer todo lo que quisiera. Allan, que se quedó junto a la portezuela, estaba igual de satisfecho que Caddy, y yo tanto como ambos, y lo que me extraña es que lograse salir del carruaje y no que me bajara riendo, sonrojada y desordenada, y me quedara mirando a Caddy, que también nos siguió mirando por la ventanilla del coche mientras pudo vernos.