Casa desolada
Casa desolada Todo aquello nos hizo llegar con un cuarto de hora de retraso, y cuando llegamos a Westminster Hall vimos que ya habían empezado los asuntos del día. Todavía peor, vimos que en el Tribunal de Cancillería había una multitud tan desusada que estaba lleno hasta los topes, y no podíamos ver ni oír lo que pasaba allí dentro. Parecía ser algo divertido, pues de vez en cuando se oía una risa y un grito de «¡silencio!». Parecía ser algo interesante, pues todo el mundo empujaba y levantaba la cabeza para acercarse. Parecía ser algo que causaba gran contento a los profesionales, pues detrás de la multitud había varios abogados jóvenes con sus pelucas y sus togas, y cuando uno hablaba del asunto a los otros se llevaban las manos a los bolsillos y se retorcían de risa y daban patadas en los pisos del Hall.
Preguntamos a un caballero que estaba a nuestro lado si sabía qué causa se estaba viendo. Nos dijo que Jarndyce y Jarndyce. Le preguntamos si sabía qué pasaba. Dijo que en realidad no, nadie sabía nunca lo que pasaba, pero, que él supiera, se había terminado. ¿Terminado por el día?, le preguntamos. No, dijo, terminado para siempre.
¡Terminado para siempre!