Casa desolada
Casa desolada Mi Tutor, imagen pura de bondad, se sentó en mi lugar y mantuvo su mano en las de Richard.
—Mi querido Rick —le dijo—, ya se han disipado las nubes y ha salido el sol. Ya podemos ver. Rick, todos estábamos más o menos engañados. ¡Qué importa! Y, ¿cómo estás, mi querido muchacho?
—Estoy muy débil, primo, pero espero recuperarme. Tengo que empezar el mundo.
—Eso es, ¡muy bien! —exclamó mi Tutor.
—Pero ahora no voy a empezarlo como antes —dijo Richard con una sonrisa triste—. Ya he aprendido una lección, primo. Ha sido duro, pero puede usted tener la seguridad de que la he aprendido.
—¡Muy bien, muy bien —dijo mi Tutor, reconfortándolo—, muy bien, muy bien, hijo mÃo!
—Estaba pensando, primo —siguió diciendo Richard—, que lo que más me gustarÃa ver en el mundo es ver la casa de ellos: la casa de la señora Durden y del señor Woodcourt. Si pudieran sacarme de aquà en cuanto esté más fuerte, creo que allà empezarÃa a recuperarme mejor que en ninguna otra parte.
—Pues eso mismo pensaba yo, Richard —comentó mi Tutor—, y lo mismo nuestra mujercita, y de eso estábamos hablando hoy mismo. Estoy seguro de que su marido no tendrá ninguna objeción. ¿Qué te parece?