Casa desolada
Casa desolada EL FINAL DE LA NARRACIÓN DE ESTHER
Desde hace nada menos que siete años de felicidad soy la señora de Casa Desolada. Las pocas palabras que me quedan por escribir se redactan en seguida, y entonces yo y el amigo desconocido al que escribo nos separaremos para siempre. No sin recuerdos llenos de cariño por mi parte. Y espero que tampoco por la suya.
Me dejaron a mi niña en mis brazos y no me separé de ella en muchas semanas. El bebé que iba a haber logrado tantas cosas nació antes de que se plantara la hierba en la tumba de su padre. Fue un niño, y yo, mi marido y mi Tutor le dimos el nombre de su padre.
La ayuda con la que contaba mi niña le llegó, aunque llegó, en su Sabiduría Eterna, con otro fin. Aunque el ayudar y reanimar a su madre, y no a su padre, fue el objetivo del bebé, su capacidad para lograrlo era muy grande. Cuando vi la fuerza de aquella manita tan débil, y cómo bastaba su contacto para sanar el corazón de mi niña y hacerle concebir esperanzas, tuve una nueva sensación de la bondad y la ternura de Dios.
Fueron prosperando, y poco a poco vi a mi niña ir saliendo a mi jardín del campo y pasearse, por él con su hijo en brazos. Entonces me casé. Me sentía la mujer más feliz del mundo.
Fue entonces cuando vino a vernos mi Tutor y preguntó a Ada cuándo quería ir a casa.