Casa desolada

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Milady Dedlock[11] ha vuelto a su casa de Londres a pasar unos días antes de irse a París, donde Milady se propone pasar unas semanas; después de lo cual no se sabe adónde irá. Es lo que dicen los rumores del gran mundo, para gran tranquilidad de los parisinos, y se trata de gente bien informada sobre todo lo que ocurre en el gran mundo. El enterarse de las cosas por otros conductos no sería de buen tono. Milady Dedlock ha estado pasando algún tiempo en lo que, cuando habla en confianza, califica ella de su «residencia» de Lincolnshire. En Lincolnshire no para de llover. Las aguas se han llevado un arco del puente del parque y lo han arrastrado con ellas. Las tierras bajas adyacentes se han convertido, en una anchura de media milla, en un río estancado, en el cual hay árboles en lugar de islas, y cuya superficie está puntuada en todas partes por la lluvia que cae sin cesar. La «residencia» de Milady Dedlock ha estado de lo más lúgubre. Desde hace muchos días y muchas noches, hace un tiempo tan húmedo que los árboles parecen estar saturados y que las ramas cortadas blandamente por el hacha del leñador no hacen el menor ruido al caer. Cuando saltan los ciervos, empapados, hacen saltar el agua a su paso. El disparo de una escopeta pierde su mordiente en el aire saturado de agua, y su humo asciende en una nubecilla perezosa hacia la pendiente verde, coronada por un bosquecillo, que constituye el telón de fondo de la lluvia. La vista desde las ventanas de Milady Dedlock es, según los momentos, un panorama de plomo o de tinta china. Los jarrones de la terraza empedrada en primer plano atrapan la lluvia a lo largo del día, y las pesadas gotas siguen cayendo, plas, plas, plas, en el gran acerón de losas de piedra conocido como el Paseo del Fantasma. Los domingos, la iglesita del parque está toda húmeda; el púlpito de roble rompe en un sudor frío; y todo exhala un olor y sugiere un sabor general como de los antiguos Dedlock en sus tumbas. Milady Dedlock (que no tiene hijos) ha mirado al principio del atardecer hacia el pabellón de uno de los guardas, desde la ventana de su tocador, y ha visto a un niño, perseguido por una mujer, salir corriendo en medio de la lluvia a abrazar la figura brillante de un hombre abrigado que entraba por la puerta del parque, y se ha puesto de muy mal humor. Milady Dedlock dice que «se ha estado muriendo de aburrimiento».


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