Casa desolada
Casa desolada Todas las partes de la casa estaban en tal orden, y todo el mundo fue tan atento conmigo, que no tuve ningún problema con mis dos montones de llaves, aunque entre tratar de recordar el contenido de cada cajoncito de la despensa y el respostero, y tomar notas en una pizarra sobre las mermeladas y los encurtidos, y las conservas y las botellas y la cristalería y la vajilla y tantísimas otras cosas, y con mi costumbre de comportarme como una especie de vieja solterona un poco boba, estuve tan ocupada, que cuando oí sonar la campanilla no podía creer que era la hora del desayuno. Sin embargo, me eché a correr e hice el té, pues ya se me había asignado la responsabilidad por la tetera, y después, como estaban un tanto atrasados, y todavía no había bajado nadie, creí que podía echar un vistazo al jardín para empezar a conocerlo también. Me pareció un lugar delicioso: en la parte de delante, la avenida y el paseo tan bonitos por los que habíamos llegado (y donde, dicho sea de paso, habíamos dejado tales huellas en la gravilla con nuestras ruedas, que le pedí al jardinero que pasara el rodillo); en la trasera estaban las flores, y allí arriba, asomada a su ventana, estaba mi niña, que la abría para sonreírme, como si me diera un beso a aquella distancia. Más allá del jardín de las flores había un huerto, y después un picadero y un sitio para los carros, y después un patio de granja precioso. En cuanto a la casa en sí, con sus tres picos en el tejado, sus ventanas multiformes, unas muy grandes y otras muy pequeñas, y todas ellas muy bonitas, su reja frente a la fachada sur, para las rosas y la madreselva, y su aire hogareño, confortable y acogedor, la Casa era, como dijo Ada cuando vino a encontrarme del brazo del dueño y señor, digna de su primo John, lo cual era un atrevimiento, aunque él le dio un pellizquito en la mejilla en premio.