Casa desolada
Casa desolada Le tenía mucho, mucho, mucho cariño a Ada. Lo digo de verdad, y prefiero decirlo desde el principio. Nunca había visto antes cómo se enamoraban dos jóvenes, pero pronto lo vi. Naturalmente, yo no podía comentarlo, ni mostrar que me había enterado. Por el contrario, me porté con tal discreción, y tanto hice como que no me daba cuenta, que a veces, cuando estaba sentada a mi trabajo, me preguntaba si no me estaba convirtiendo en una hipócrita.
Pero no había forma de evitarlo. Bastaba con quedarme callada, y yo me mantenía más callada que una ostra. También ellos se mantenían muy callados, en cuanto a palabras respectaba, pero la forma inocente en la que cada vez recurrían más a mí, a medida que se iban aficionando cada vez más el uno al otro, era tan encantadora, que me resultaba muy difícil no revelar cuánto me interesaba.
—Nuestra viejecita es una viejecita tan magnífica —decía Richard cuando venía a verme en el jardín, a primera hora de la mañana, con su agradable sonrisa y quizá una levísima huella de rubor—, que no podría arreglármelas sin ella. Antes de iniciar mi día superocupado, con todos esos libros e instrumentos, y después echarme a galopar por montes y valles, por toda la zona, como si fuera un atracador de caminos…, ¡me sienta tan bien el venir a darme un paseo con nuestra pacífica amiga, que aquí estoy otra vez!