Casa desolada
Casa desolada —Ya sabes, querida señora Durden —me decÃa Ada por las noches, con la cabeza puesta en mi hombro mientras la luz de la chimenea se reflejaba en sus ojos pensativos—, que cuando subimos aquà arriba no quiero hablar. Sólo quedarme sentada un ratito, con tu carita por toda compañÃa, y escuchar el viento, y recordar a los pobres marineros embarcados…
¡Vaya! Quizá Richard iba a hacerse marino. HabÃamos hablado muchas veces de ello, y se habÃa mencionado la posibilidad de satisfacer sus ambiciones de infancia de embarcarse. El señor Jarndyce habÃa escrito a un pariente de la familia, un importantÃsimo señor llamado Sir Leicester Dedlock, para que se interesara en pro de Richard, en general, y Sir Leicester habÃa contestado muy amable que «celebrarÃa ayudar en la vida al joven caballero, si es que ello estaba en su mano, lo que no era nada probable, y que milady enviaba sus saludos al joven caballero (con el cual recordaba perfectamente que tenÃa un parentesco lejano), y confiaba que cumplirÃa siempre con su deber en cualquier profesión honorable que él decidiera».