Casa desolada
Casa desolada Pues en un camastro frente al fuego, en medio de una confusión de remiendos sucios, en un somier esquelético cubierto de arpilleras, el abogado que mira titubeante desde el umbral ve a un hombre. Está echado ahÃ, vestido con una camisa y unos pantalones, con los pies descalzos. Tiene aspecto amarillento a la luz espectral de una vela que está agonizando, hasta el punto de que toda la mecha (todavÃa ardiente) se ha dado la vuelta y tiene por encima de sà una torre de cera. Tiene el pelo despeinado, enredado con las patillas y la barba, también despeinados y largos, efecto del descuido, como la suciedad y la niebla que lo rodean. Pese a lo sucio y maloliente que es el cuarto, a lo sucio y maloliente que está el aire, no resulta fácil percibir cuáles son los vapores que más oprimen los sentidos allÃ, pero en medio del mal olor y la peste generales, y del olor a tabaco rancio, llega a la boca del abogado el aroma acre y dulzón del opio.
—¡Hola, amigo mÃo! —exclama el abogado, y golpea en la puerta con su palmatoria de hierro.
Cree haber despertado a su amigo. Éste yace un poco vuelto de lado, pero no cabe duda de que tiene los ojos abiertos.
—¡Eh, amigo mÃo! —vuelve a exclamar—. ¡Oiga! ¡Oiga!