Casa desolada

Casa desolada

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Mientras susurran estas palabras, entran juntos en la habitación. Al entrar la luz, los grandes ojos de las contraventanas se oscurecen y parecen cerrarse. No así los ojos del que está en la cama.

—¡Dios nos ayude! —exclama el señor Tulkinghorn—. ¡Ha muerto!

Krook deja caer la pesada mano que ha tomado, tan de golpe que el brazo se queda balanceando al lado de la cama.

Se miran el uno al otro un momento.

—¡Mande a buscar un médico! Llame a la señorita Flite, la de arriba, señor. ¡Hay veneno junto a la cama! Llame a Flite, por favor —dice Krook con las flacas manos abiertas sobre el cadáver, como las alas de un vampiro.

El señor Tulkinghorn va corriendo al descansillo y llama:

—¡Señorita Flite! ¡Flite! ¡Venga corriendo, sea usted quien sea! ¡Flite!

Krook lo sigue con la mirada y mientras el otro llama encuentra una oportunidad de deslizarse hasta el viejo portamantas y volver a toda prisa.


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