Casa desolada

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—¿Es eso lo que llaman ustedes letra cancilleresca? —pregunta ella, que lo mira a los ojos, una vez más con gesto inexpresivo y jugando con la pantalla.

—No exactamente. Probablemente —y el señor Tulkinghorn examina el documento mientras habla—, ese aspecto jurídico que tiene se adquiriese después de que se fuera formando la letra del copista. ¿Por qué me lo pregunta?

—Cualquier cosa con tal de variar esta detestable monotonía. ¡Pero siga, siga!

El señor Tulkinghorn vuelve a leer. El calor va en aumento y Milady vuelve a protegerse el rostro con la pantalla. Sir Leicester da una cabezada, se despierta de repente y exclama:

—¿Eh? ¿Qué decía?

—Decía que me temo —contesta el señor Tulkinghorn, que se ha levantado apresuradamente— que Milady Dedlock se siente mal.

—Un vahído —murmura Milady, a quien se le han puesto blancos los labios—; nada más, pero me siento muy débil. No me digan nada. ¡Llamen para que me lleven a mis aposentos!

El señor Tulkinghorn se retira a otra sala; suenan timbres, ruidos de pasos, primero lentos y después a la carrera; después, silencio. Por fin, Mercurio ruega al señor Tulkinghorn que vuelva.


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