Casa desolada
Casa desolada UN RECORRIDO
Me resulta muy difícil empezar a escribir mi parte de estas páginas, pues sé que no soy lista. Siempre lo he sabido. Recuerdo que cuando era muy pequeña solía decirle a mi muñequita, cuando nos quedábamos a solas:
«¡Vamos, Muñequita, sabes perfectamente que no soy muy lista, y tienes que ser buena y tener paciencia conmigo!». Y ella se quedaba sentadita en una gran butaca, con la tez tan bonita y los labios sonrosados, contemplándome, o más bien contemplando la nada, mientras yo me ocupaba en mis labores y le contaba cada uno de mis secretos.