Casa desolada

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¡Cuánto quería yo a aquella muñeca! Entonces era yo tan tímida que apenas me atrevía a abrir la boca, y jamás me atrevía a revelar mis pensamientos ante nadie, más que ella. Casi me echo a llorar cuando recuerdo cómo me tranquilizaba, al volver de la escuela, el subir corriendo las escaleras hasta mi habitación y exclamar: «¡Ay, muñequita fiel; ya sabía yo que me estarías esperando!», y luego me sentaba en el suelo, apoyada en el brazo de su butacón, y le decía todo lo que había visto desde que nos separamos. Yo siempre había sido muy observadora —¡aunque no muy viva, eso no!—, una observadora silenciosa de lo que pasaba ante mí, y solía pensar que me gustaría comprenderlo todo mejor. No es que sea de comprensión muy rápida. Cuando quiero muchísimo a alguien, parece que comprendo mejor. Pero también es posible que eso sea una vanidad mía.









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