Casa desolada

Casa desolada

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Desde mis primeros recuerdos, quien me crió fue mi madrina, igual que a algunas de las princesas de los cuentos de hadas, sólo que yo no era nada encantadora. ¡Mi madrina era una mujer buenísima! Iba a la iglesia tres veces todos los domingos, y a las oraciones de la mañana los miércoles y los viernes, y a los sermones cuando los había, y no fallaba nunca. Era hermosa, y si alguna vez hubiera sonreído (pensaba yo entonces), hubiera sido como un ángel, pero nunca sonreía. Siempre estaba muy seria, y era muy estricta. A mí me parecía que como ella era tan buena, la maldad de los otros le hacía pasarse la vida con el ceño fruncido. Me sentía tan diferente de ella, incluso si se tienen en cuenta todas las diferencias que hay entre una niña y una mujer; me sentía tan pobre, tan insignificante, que nunca podía actuar con naturalidad ante ella; no, ni siquiera podía quererla como yo hubiera deseado. Me sentía muy triste al pensar lo buena que era ella y lo indigna de ella que era yo, y solía confiar ardientemente en que más adelante tendría yo mejor corazón, y hablaba mucho de eso con mi querida Muñequita, pero nunca quise a mi madrina como hubiera debido quererla, y como creía que debía quererla si yo hubiera sido una niña más buena.




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