Casa desolada

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CAPÍTULO XV

BELL JARD

Durante nuestra estancia en Londres, el señor Jarndyce estuvo en todo momento rodeado de la multitud de damas y caballeros excitables cuyas actitudes tanto nos habían sorprendido. El señor Quale, que se presentó poco después de nuestra llegada, estuvo presente en todos aquellos momentos. Parecía proyectar aquellas sienes suyas abultadas y brillantes en todo lo que ocurría, y cepillarse el pelo cada vez más para atrás, hasta que las raíces mismas estaban casi a punto de echársele a volar de la cabeza como resultado de su filantropía inagotable. Le daba igual cuál fuera el objetivo, pero siempre estaba particularmente dispuesto a todo lo que consistiera en rendir homenaje a alguien. Su principal facultad parecía ser la de una admiración indiscriminada. Se quedaba sentado largos ratos, con el mayor contento, con las sienes bañadas en la luz de alguna luminaria. Tras haberlo visto por primera vez totalmente sumido en la admiración que profesaba a la señora Jellyby, yo suponía que ella era el objeto absorbente de su devoción. Pronto descubrí mi error, y vi que actuaba como paje y trompetero de toda una procesión de gente.


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