Casa desolada

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—Yo no sé ná de eso de que agrada —dice Jo, que la sigue contemplando.

—¿Es camposanto?

—¿Qué? —pregunta Jo, estupefacto.

—Si es camposanto.

—Yo del campo no sé ná —dice Jo, que la contempla con más atención que nunca—, pero creo que no es campo de ná. Y de santos menos —repite Jo, un tanto inquieto—. Si es muy santo, no se le nota. Yo diría más bien lo contrario. ¡Pero yo no sé ná de ná!

La criada no le hace mucho caso, ni tampoco de lo que ella misma ha dicho. Se quita un guante para sacar algo de dinero del bolso. Jo observa en silencio lo blanca y pequeña que tiene la mano, y se dice que debe de ser una criada de gran categoría para llevar unos anillos tan brillantes.

Le pone una moneda en la mano, sin tocársela, y con un temblor cuando las dos manos se aproximan.

—Ahora —añade—, ¡vuelve a indicarme el mismo sitio!

Jo mete el mango de la escoba entre los barrotes de la verja, y lo señala con todos sus recursos expresivos. Cuando por fin vuelve la cabeza para ver si se ha hecho entender se encuentra solo.


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