Casa desolada
Casa desolada —¿Te las ha dado Prince, querida mÃa? —pregunté con un susurro.
—No —respondió Caddy moviendo la cabeza y dándomelas a oler—. No ha sido Prince.
—¡Bueno, Caddy! —dije—. ¡No me digas que tienes dos enamorados!
—¿Cómo? ¿Eso es lo que te parecen? —preguntó Caddy.
—¿Que si es eso lo que me parecen? —repetÃ, dándole un pellizco en la mejilla.
Caddy se limitó a responderme con una sonrisa y a decirme que habÃa venido a pasar media hora, al final de la cual estarÃa Prince esperándola en la esquina, y se quedó charlando con Ada y conmigo junto a la ventana; de vez en cuando me volvÃa a pasar las flores, o me las probaba a ver qué tal me sentaban cuando me las ponÃa en el pelo. Por fin, cuando iba a marcharse, me llevó a mi habitación y me las puso en el vestido.
—¿Para m� —dije, sorprendida.
—Para ti —dijo Caddy, dándome un beso—. Las ha dejado Alguien.
—¿Dejado?