Casa desolada

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—En cuanto al señor Jarndyce —que, dicho sea de paso, durante todo este período consideraba que el viento soplaba invariablemente de Levante—; en cuanto al señor Jarndyce —me decía Richard—, ¡es la persona mejor del mundo, Esther! Debo preocuparme especialmente, aunque sólo sea por él, de trabajar mucho y acabar de una vez con este asunto.

Su idea de lo que era trabajar mucho, expresada con aquellas risas y aquel tono despreocupado, y con la suposición de que podía dedicarse a cualquier cosa sin detenerse en ninguna, era digna de risa por lo anómala. Sin embargo, en otros momentos nos decía que estaba trabajando tanto que temía le fueran a salir canas. Su forma de acabar de una vez con el asunto consistió (como ya he dicho) en irse al bufete del señor Kenge hacia San Juan, a ver si le gustaba.

Durante todo aquel tiempo, su comportamiento en las cuestiones relacionadas con el dinero era tal como ya lo he descrito en otra ocasión: generoso, profuso, totalmente despreocupado, pero estaba plenamente persuadido de que actuaba de forma calculadora y prudente. Una vez dije a Ada en su presencia, medio en broma medio en serio, cuando él estaba a punto de irse con el señor Kenge, que hubiera necesitado la bolsa de Fortunato[54], dada la forma en que trataba el dinero, a lo cual respondió él:


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