Casa desolada
Casa desolada Supongo que no hay nada tan insoportable para el Orgullo como el Orgullo mismo, y que se vio castigada por su actitud imperiosa. Su represalia fue la más singular que hubiera podido imaginarme yo. Se quedó perfectamente inmóvil hasta que el carruaje se metió en el camino y después, sin descomponer en absoluto el gesto, se quitó los zapatos, los tiró al suelo y se fue andando lentamente en la misma dirección, por la parte más húmeda de la mojada hierba.
—¿Está loca esa muchacha? —preguntó mi Tutor.
—¡Ah, no, señor! —replicó el guardabosques, que la miraba junto con su mujer—. Hortense no está nada loca. Tiene la chola tan cuerda como el que más. Pero es mortalmente orgullosa y apasionada, terriblemente orgullosa y apasionada, y como ya la han despedido y han puesto a otra por encima de ella no está nada contenta.
—Pero ¿por qué echarse a andar descalza por todos esos charcos? —preguntó mi Tutor.
—Verdaderamente, señor; ¡cómo no sea para que se le pase el acaloramiento…! —dijo el hombre.
—O que se crea que en lugar de agua es sangre —apostilló la mujer—. Yo creo que le gustaría mojarse los pies de sangre, cuando a ella se le sube a la cabeza.