Casa desolada
Casa desolada UN NUEVO INQUILINO
Las vacaciones de verano van avanzando hacia la reapertura de los tribunales, como un río lento que va recorriendo lentamente un país llano hacia el mar. El señor Guppy avanza bienhumorado con ellas. Ha mellado la punta de su cortaplumas y la ha roto, a fuerza de clavar ese instrumento por todas las partes de su escritorio. No es que le tenga mala voluntad a su escritorio, sino que algo tiene que hacer, y tiene que ser algo tranquilo, que no someta a una contribución demasiado pesada su energía física ni intelectual. Ha llegado a la conclusión de que no hay nada que le siente tan bien como girar un poco sobre una de las patas de su taburete, dar de cuchilladas a su escritorio y bostezar.
Kenge y Carboy han salido de la ciudad, el pasante licenciado en Derecho ha sacado un permiso de caza y se ha ido a casa de su padre, y los dos pasantes colegas del señor Guppy están fuera de permiso. El señor Guppy y el señor Richard Carstone comparten los honores del bufete. Pero, de momento, el señor Carstone está establecido en el despacho de Kenge, lo cual indigna al señor Guppy. Tanto lo indigna que informa con sarcasmo mordaz a su madre, en los momentos de confidencias mientras cena con ella una langosta con lechuga, en Old Street Road, que se teme que las oficinas no estén lo bastante bien para los señoritos, y que de haber sabido él que iba a venir un señorito, las hubiera hecho pintar.