Casa desolada
Casa desolada En medio de su lóbrego montón de polvo, materia universal a la que se reducen sus documentos y él mismo, y todos sus clientes, y todo lo que existe sobre la Tierra, animal e inanimado, el señor Tulkinghorn está sentado junto a una de sus ventanas abiertas, saboreando una botella de oporto añejo. Aunque es hombre austero, cerrado, seco y silencioso, goza como el que más con el buen vino añejo. Tiene una caja inapreciable de oporto en una bodega disimulada ingeniosamente bajo Lincoln’s Inn, que es uno de sus múltiples secretos. Cuando cena a solas en su despacho, como ha hecho hoy, y hace que le traigan del café su pescado y su bistec o su pollo, desciende con una vela a las regiones resonantes que hay debajo de la mansión vacía y, precedido de un remoto tronar de puertas, regresa gravemente, envuelto en un aire polvoriento y cargado con una botella, de la que vierte un radiante néctar de cincuenta años que se sonroja en la copa al verse tan famoso y llena todo el despacho con la fragancia de las uvas del Sur.