Casa desolada

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El señor Tulkinghorn paladea su vino, sentado en el crepúsculo junto a su ventana. Como si el vino le hablase en voz baja de sus cincuenta años de silencio y aislamiento, el hecho es que lo deja todavía más encerrado en sí mismo. Más impenetrable que nunca, se queda ahí sentado y bebiendo, y se va ablandando, por así decirlo, en secreto; pondera, en esa hora intermedia, todos los misterios que conoce, relacionados con bosques umbríos en el campo, y enormes casas vacías y cerradas en la ciudad, y quizá dedique uno o dos pensamientos a sí mismo y a la historia de su familia, y a su dinero, y a su testamento (todo lo cual es un misterio para todo el mundo), y al único amigo que ha tenido jamás, un hombre de igual carácter que él, también abogado, que hizo la misma vida que él hasta cumplir los setenta y cinco años y que entonces concibió (según se supone) la idea de que todo aquello era demasiado monótono, una tarde de verano le regaló su reloj de oro a su peluquero, se fue andando calmosamente hacia el Temple y se ahorcó.

Pero el señor Tulkinghorn no está solo esta noche para reflexionar tanto tiempo como de costumbre. Sentado a la misma mesa que él, aunque con la silla modesta e incómodamente apartada de ella, hay un hombre calvo, reposado y lustroso, que tose respetuosamente tapándose la boca con la mano cuando el abogado le dice que llene su copa.


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