Casa desolada
Casa desolada —Tenga usted la seguridad de que le quedo muy agradecida, señor.
—Buenas noches.
Mademoiselle se marcha con una elegancia innata, y el señor Bucket, a quien, en caso de necesidad, el papel de maestro de ceremonias también le resulta muy natural, la acompaña hasta el piso de abajo, no sin una cierta galanterÃa.
—¿Qué le parece, Bucket? —le pregunta Tulkinghorn cuando regresa.
—Todo coincide, señor, tal como habÃa previsto yo que coincidirÃa. No cabe duda de que era la otra con el vestido de ésta. El chico fue muy preciso en cuanto a los colores y todo lo demás. Señor Snagsby, le di mi palabra de que podrÃa marcharse tranquilo. ¡No me diga que no la he cumplido!
—La ha cumplido usted, señor —contesta el papelero—, y si ya no le hago falta, señor Tulkinghorn, creo que mi mujercita se estará poniendo nerviosa y…
—Gracias, Snagsby; ya no lo necesito —dice el señor Tulkinghorn—. Le estoy muy agradecido por las molestias que se ha tomado.
—No hay de qué, señor. Muy buenas noches.