Casa desolada

Casa desolada

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Ocurrió un incidente, poco antes de que nos fuéramos de la casa del señor Boythorn, que debo mencionar ahora.

Estaba yo paseándome por el jardín, con Ada, cuando me dijeron que tenía una visita. Al entrar en la salita donde me esperaba aquella persona, vi que era la doncella francesa que se había quitado los zapatos para andar por la hierba mojada, aquel día de los truenos y los relámpagos.

—Mademoiselle —comenzó a decir, mirándome fijamente con aquellos ojos tan intensos, aunque, por lo demás, tenía un aspecto agradable, y hablaba sin insolencia ni servilismo—, me he tomado una gran libertad al venir aquí, pero como es usted tan amable, Mademoiselle, sabrá perdonarme:

—No hay nada que perdonar —repliqué— si lo que desea usted es hablar conmigo.

—Eso es lo que deseo, Mademoiselle. Mil gracias por darme permiso. Me autoriza usted a hablar con usted, ¿n’est ce pas? —preguntó rápida y espontáneamente.

—Desde luego —respondí.


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