Casa desolada

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—¡Es usted tan amable, Mademoiselle! Entonces, escuche, por favor. He dejado a Milady. No lográbamos ponernos de acuerdo. Milady es tan altiva, ¡tan altanera! ¡Perdón, Mademoiselle! ¡Tiene usted razón! —Con su agilidad mental, se había adelantado a lo que iba yo a decir inmediatamente, pero no había hecho más que pensar—. No me corresponde a mí venir a quejarme de Milady. Pero digo que es altanera, muy altanera. No diré ni una palabra más. Eso lo sabe todo el mundo.

—Continúe, por favor —insté.

—Desde luego; Mademoiselle, le agradezco su cortesía. Mademoiselle, tengo un deseo inexpresable de hallar empleo con una señorita que sea buena, educada y bella como un ángel. ¡Ah, si pudiera tener el honor de ser su doncella!

—Lo siento, pero… —comencé.

—¡No me rechace tan pronto, Mademoiselle! —dijo, con una contracción involuntaria de sus finas cejas negras— ¡Déjeme un momento de esperanza! Mademoiselle, sé que este servicio sería menos brillante que el que acabo de abandonar. Bueno, eso es lo que deseo. Sé que este servicio sería menos distinguido que el que acabo de abandonar. ¡Bueno! Eso es lo que deseo. Sé que aquí cobraría menos. Bien. No me importa.

—Le aseguro —dije, muy inquieta ante la mera idea de tener una doncella así— que yo no tengo doncella…


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