Casa desolada

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Como Ada estaba un poco asustada, dije, para llevarle la corriente a la pobre ancianita, que le estábamos muy agradecidos.

—Sí, sí —respondió irónicamente—. Ya me lo supongo. Y ahora aquí viene Kenge el Conversador. ¡Con sus documentos! ¿Cómo está su honorable Señoría?

—¡Muy bien, muy bien! ¡Ahora, no nos moleste, sea buena! —dijo el señor Kenge, que inició el camino de vuelta.

—En absoluto —dijo la pobre ancianita, que marchaba a mi paso y el de Ada—. Cualquier cosa antes que molestar. Legaré herencias a ambas, lo cual no es molestar, creo yo. Que se emita un juicio. En breve. El Día del juicio. Ése es un buen augurio para ustedes. ¡Acepten mi bendición!

Se detuvo al pie de la escalera ancha y empinada, pero al subir echamos una mirada atrás, y allí seguía ella, diciendo, todavía con una reverencia y una sonrisa entre cada frase: «Juventud. Y esperanza. Y belleza. Y Cancillería. ¡Y Kenge el Conversador! ¡Ja! ¡Les ruego que acepten mi bendición!».


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