Casa desolada

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En aquel momento, el señor Bucket, que estaba sentado en un rincón junto a la puerta, ofreció, bondadoso, el único consuelo que podía brindar:

—¡Vamos, vamos! —dijo desde su rincón—. No se ponga así, señor Gridley. Lo que pasa es que está usted un poco bajo de ánimo. A todos nos pasa a veces. A mí me pasa. ¡Aguante, aguante! Ya volverá usted a perder los estribos con todos ellos, y más de una vez, y con un poco de suerte volveré a detenerlo una docena de veces.

El señor Gridley se limitó a negar con la cabeza.

—No lo niegue usted —dijo el señor Bucket—. Diga que sí, eso es lo que quiero verle hacer a usted. ¡Pero, Dios mío, cuánto tiempo no hemos pasado juntos! ¿No lo he visto a usted en la cárcel de Fleet miles de veces, condenado por desacato? ¿No he ido más de veinte tardes al Tribunal sólo para ver cómo se aferraba usted al Canciller como un bulldog? ¿No se acuerda usted de la primera vez que empezó a amenazar a los abogados y se le acusaba a usted de alteración del orden público dos o tres veces por semana? Pregúntelo aquí a esta señora; siempre ha estado presente. ¡Aguante, señor Gridley, aguante!

—¿Qué va usted a hacer con él? —preguntó George en voz baja.


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