Casa desolada
Casa desolada —¿De verdad? —contestó Bucket, preocupado—. No quiero más que se levante. No me gusta ver a un viejo conocido abandonar asÃ. Lo que más lo animarÃa de todo serÃa si pudiera enfadarse un poco conmigo. Que trate de darme un golpe con la derecha y otro con la izquierda, si quiere; no le denunciarÃa.
Resonó el techo con un grito de la señorita Flite que todavÃa me retumba en los oÃdos:
—¡Ay, no, Gridley! —exclamó cuando éste cayó pesada y silenciosamente de espaldas ante ella—. ¡No te vayas sin mi bendición! ¡Al cabo de tantos años!
Se habÃa puesto el sol, la luz se habÃa ido alejando gradualmente de los tejados, y las sombras habÃan ido ascendiendo. Pero a mis ojos, la sombra de aquella pareja, una viva y el otro muerto, se hizo más densa cuando se marchó Richard que la oscuridad de la más oscura de las noches. Y en medio de las palabras de despedida de Richard, oÃa su eco:
«De todos mis antiguos conocidos, de todas mis antiguas actividades y esperanzas, de todo el mundo de los vivos y los muertos, sólo esta pobre y bondadosa mujer viene naturalmente a mÃ, y es lógico. Existe un vÃnculo de muchos años de sufrimiento entre nosotros dos, y es el único vÃnculo que jamás he tenido en la Tierra que la CancillerÃa no ha roto».