Casa desolada
Casa desolada Motivo por el cual, cada vez que entra en la tienda un desconocido (y suelen entrar muchos desconocidos), y pregunta si está el señor Snagsby o cualquier cosa igual de inocente, el corazón del señor Snagsby palpita acelerado en su pecho culpable. Sufre tanto con esas preguntas, que cuando quienes las hacen son muchachos, se venga tirándoles de las orejas por encima del mostrador, preguntando a los mozalbetes qué quieren decir con eso y por qué no dicen inmediatamente lo que quieren. Hay hombres y muchachos menos reales que persisten en introducirse en los sueños del señor Snagsby y aterrarlo con preguntas inexplicables; de manera que muchas veces, cuando el gallo de la pequeña lechería de Cursitor Street estalla como suele hacerlo absurdamente por la mañana, el señor Snagsby se encuentra sufriendo la crisis de una pesadilla, con su mujercita que lo sacude y se pregunta: «¿Qué le pasa a este hombre?».
Esa misma mujercita no es la menor de sus dificultades. El saber que está siempre ocultándole un secreto, que en todas las circunstancias ha de disimular y retener en la boca una muela careada, que ella con su agudeza está siempre a punto de arrancarle de la cabeza, da al señor Snagsby, ante la presencia de dentista que asume ella, un aspecto muy parecido al de un perro que tiene algo que esconder a su amo, y que mira a cualquier parte con tal de no tropezar con la mirada de éste.