Casa desolada
Casa desolada Esa broma le resulta tan divertida al señor Smallweed que se queda riendo en voz baja y durante mucho tiempo ante el fuego. Pero mientras se rÃe echa una mirada por encima de su hombro paralÃtico al señor George, y lo contempla ansiosamente mientras este último abre el candado de una alacena al otro extremo de la galerÃa, escudriña acá y allá, lo dobla y se lo mete en el bolsillo del pecho. Entonces Judy da un golpecito al señor Smallweed y el señor Smallweed da un golpecito a Judy.
—Estoy listo —dice el soldado al volver—. Phil, puedes llevar a este anciano caballero a su coche, no te costará trabajo.
—¡Cielo santo! ¡Dios mÃo! ¡Un momento, por favor! —exclama el señor Smallweed—. ¡Es tan brusco! ¿Está seguro de que puede usted cargar conmigo, señor mÃo?
Phil no replica, sino que levanta la silla con su carga, se desliza de lado, abrazado fervientemente por el señor Smallweed, que ahora no dice nada, y recorre rápido el pasillo como si le hubieran dado la agradable orden de llevar al venerable caballero al volcán más cercano. Sin embargo, como a plazo más corto sólo ha de llevarlo al Simón, allà es donde lo deposita, y la bella Judy se sienta a su lado, y la silla pasa a embellecer el techo del coche, mientras el señor George pasa a ocupar la plaza vacÃa en el pescante.