Casa desolada

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—¡Buenos días, señor Smallweed, buenos días! —dice al entrar—. Veo que me ha traído usted al sargento. Siéntese, sargento.

Mientras el señor Tulkinghorn se quita los guantes y los pone dentro de su sombrero, mira con ojos entornados al otro lado de la sala, donde está el soldado, y quizá se dice para sus adentros: «¡Me parece que me vas a valer, chico!».

—¡Siéntese!, sargento —repite al acercarse a la mesa, que está junto a la chimenea, y ocupar su sillón— ¡Qué mañana más fría y desapacible! —y el señor Tulkinghorn se calienta ante la reja de la chimenea, primero las palmas y después los nudillos de las manos, y mira (tras esa persiana que, según sabemos, está siempre bajada) al trío sentado en un pequeño semicírculo ante él—. ¡Creo que ya sé de qué se trata, señor Smallweed! —(y quizá sea cierto en más de un sentido). El anciano caballero se ve sacudido una vez más por Judy para que participe en la conversación—. Ya veo que ha traído usted a nuestro buen amigo el sargento.

—Sí, señor —replica el señor Smallweed, totalmente servil ante la riqueza y la influencia del abogado.

—¿Y qué dice el sargento de este negocio?


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