Casa desolada

Casa desolada

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Pero la casa de la ciudad, que rara vez está del mismo humor que Chesney Wold al mismo tiempo, que raras veces se alegra cuando se alegra aquélla, ni gime cuando gime aquella, excepto cuando muere un Dedlock; la casa de la ciudad brilla despierta. Tan cálida y luminosa como pueda ser un lugar tan ceremonioso, tan delicadamente lleno de aromas agradables tan distante de la menor huella de invierno como pueda conseguirse con flores de invernadero; blanda y silenciosa, de forma que sólo el tic-tac de los relojes y el chisporroteo del fuego alteran la paz de los salones, la casa parece envolver los fríos huesos de Sir Leicester en lana de color arco iris. Y Sir Leicester celebra descansar con satisfacción solemne ante la gran chimenea de la biblioteca, mientras ojea condescendiente los lomos de sus libros u honra a las bellas artes con una mirada de aprobación. Porque tiene sus cuadros, antiguos y modernos. Los tiene de la Escuela de los Bailes de Máscaras, en los que el Arte a veces condesciende a intervenir, que sería mejor catalogar en una subasta como artículos varios. Por ejemplo: «Tres sillas de respaldo alto, una mesa y un tapete, botella de cuello alto (con vino), una frasca, un vestido de española, retrato de tres cuartos de la señorita Jogg, la modelo, y una armadura con un Don Quijote», o «Una terraza de piedra (agrietada), una góndola en la distancia, un traje de senador veneciano, completo, ricamente bordado traje de raso blanco con retrato de perfil de la señorita Jogg, la modelo, una cimitarra soberbiamente montada en oro con empuñadura de joyas, un traje complicado de moro (muy raro), y un Otelo».


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