Casa desolada
Casa desolada El señor Tulkinghorn va y viene muy a menudo, pues hay asuntos del patrimonio de los que tratar, arriendos que renovar, etc. También ve a menudo a Milady Dedlock, y él y ella son tan formales, y tan indiferentes, y se hacen tan poco caso el uno al otro como siempre. Pero es posible que Milady tema a este señor Tulkinghorn, y que él lo sepa. Es posible que él la persiga obsesiva y tenazmente, sin el menor detalle de pesar, remordimiento ni compasión. Es posible que la belleza de ella, y toda la pompa y la brillantez que la rodean, sólo sirvan para acicatearlo más a él en lo que ha decidido hacer, y lo haga más inflexible en su determinación. Sea que es frío y cruel, sea que es inconmovible en lo que ha decidido que es su deber, sea que está absorbido por su ansia de poder, sea que ha determinado que no se le puede esconder nada en donde ha huroneado en busca de secretos toda su vida, sea que en su fuero interno desprecia el esplendor en el cual él no es sino un rayo distante, sea que esté acumulando siempre desdenes y ofensas en la afabilidad de sus lujosos clientes; sea cualquiera de estas cosas, o todas ellas, es posible que a Milady más le valiera tener cinco mil pares de ojos del gran mundo sobre ella, llenos de vigilancia desconfiada, que los dos ojos de este abogado descolorido, con su corbatín transparente y sus calzones cortos negros anudados con cintas en las rodillas.