Casa desolada

Casa desolada

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—Dame la niña, guapa —dijo la madre a Charley—, y muchas gracias. Jenny, hija, buenas noches. Señorita, si mi hombre no se enfada conmigo, dentro de un rato iré al horno, que es donde probablemente se habrá ido el chico, y por la mañana volveré—. Se fue corriendo, y poco después, cuando pasamos junto a su puerta, le estaba cantando a su hija para que no llorase, y miraba preocupada al camino a ver si llegaba su marido borracho.

Me daba miedo quedarme hablando con ninguna de las dos mujeres, por si les creaba problemas. Pero le dije a Charley que no podíamos dejar que se muriese el muchacho. Charley, que sabía mucho mejor que yo lo que se había de hacer, y cuya agilidad mental era tan grande como su presencia de ánimo, se deslizó delante de mí y poco después alcanzamos a Jo, justo antes de llegar al horno de los ladrillos.

Supongo que debía de haber iniciado su viaje con un hatillo bajo el brazo, y que se lo habían robado o lo había perdido. Porque todavía llevaba su pobre trozo de gorro de piel como si fuera un hatillo, aunque tenía la cabeza descubierta bajo la lluvia, que ahora había arreciado. Cuando lo llamamos, se paró, y volvió a asustarse de mí cuando llegué a su lado: se quedó inmóvil, contemplándome con los ojos brillantes, e incluso dejó de tiritar.


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